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miércoles, 9 de febrero de 2011

QUIERO SER REELECTO PORQUE TODAVÍA FALTA MUCHO POR HACER


La política de Salta está pagando un precio demasiado alto por la falta de imaginación y de honradez cívica de algunos personajes públicos que, por estos días, buscan obsesivamente la reelección en sus cargos.

Desde que el Sultán, a golpe de reforma constitucional, domesticara a los salteños y les hiciera creer que las reelecciones son manifestaciones prístinas de la salud del régimen democrático, los políticos de Salta -cualquiera sea su envergadura- han renunciado a dar explicaciones razonables de por qué aspiran a romper con el principio republicano de la limitación temporal del desempeño de los cargos públicos.

Mientras que en cualquier parte del mundo los candidatos a una reelección enfrentan un doble reto (someterse al escrutinio popular por su gestión vigente y formular un programa renovado de gobierno que justifique volver a pedir la confianza ciudadana), en Salta parece suficiente decir: "Mire, voy a por la reelección porque todavía falta mucho por hacer".

El argumento -utilizado, entre otros, por el gobernador Urtubey- es de una vileza incalificable, sencillamente porque el día en que deje de haber "cosas por hacer" materia de asuntos públicos, ese día se habrá acabado la política, o el mundo, quién sabe.

La cantilena es tan absurda y antidemocrática, como ilegal y antideportivo sería que el capitán de uno de los dos equipos se acercara al árbitro en medio del partido para pedirle que alargue el tiempo de juego unos 120 minutos más, "porque todavía faltan goles por meter".

El asunto es todavía más grave, porque los reeleccionistas no suelen contar entre "las cosas que faltan por hacer" algunos objetivos irrealizables como "la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación", sino determinados asuntos -algo más terrenales- que ellos mismos han sido incapaces de resolver en el tiempo en que se comprometieron a ello. O incluso, algunos problemas que, por su ineptitud, ellos mismos se han encargado de agravar.

¿Qué razónes habría entonces para premiar a un señor que está admitiendo de modo implícito que es incapaz de cumplir con sus metas como político en el tiempo que la Constitución y las leyes señalan para hacerlo?

Desde el cargo de gobernador, hasta los cargos de concejales, que muy sueltos de cuerpo aspiran a un nuevo mandato, antes de soñar con futuros venturosos y con magnas realizaciones, deberían descender de sus pedestales y darse cuenta de que no pueden jugar a ser Dios y pretender desde sus humildes cargos "hacer todo lo que hace falta hacer".

El "todo", como es sabido, es ajeno a la democracia.

Sería conveniente que alguien les hiciera ver que la política, la república y la democracia existen, entre otros motivos, para que aquellas "tareas pendientes" las realicen otros y, después de ellos, otros. Y así sucesivamente.

Es razonable pensar que esa abrasadora vocación de servicio público que consume el intelecto y las energías, del Gobernador, como de los otros candidatos, puedan impulsarles a esconder en un cajón la Constitución de Salta y la Carta Orgánica Municipal, pero esto es más o menos como atracar al árbitro del partido para robarle el pito y las tarjetas.

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